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12 :47 PM / Blog /

Hace unos cinco años, Cristina decidió embarcarse en la ardua tarea de hacer el Camino de Santiago. Como ella siempre ha sido una chica firme y dispuesta a afrontar retos serios, no le valió con iniciarlo en los aledaños de la región gallega, sino que se fue hasta el País Vasco, casi en la frontera con Francia.

El Camino fue una experiencia maravillosa: caminar, respirar aire puro por todas partes, observar parajes inolvidables, compartir tiempo con gente dispuesta a darlo todo por sus huéspedes, compañeros de aventura con historias épicas… Sin duda, toda una vivencia que vale la pena repetir alguna vez en la vida, sobre todo cuando uno necesita ubicarse o mirar hacia sí mismo, conocerse un poco mejor.

No obstante, a pesar de todo lo bueno que sucedió durante el camino a la ciudad santa, la dureza de su recorrido no pasó en vano por el cuerpo de Cristina. Cuando llevaba una semana de andadura, comenzó a tener dolores esporádicos en una de sus rodillas, concretamente en la izquierda. Eso provocó que en las jornadas siguientes a que apareciese el dolor, la forma de caminar de Cristina cambiase por completo, adoptando pequeños tics o posturas indeseadas para evitar el dolor que, en lugar de calmarlo, lo avivaron y provocaron que apareciesen otros nuevos. Al cabo de cuatro días ya no solo le dolía la rodilla izquierda. Ahora el tobillo derecho pedía a gritos un descanso.

¡Que me traigan un cuerpo nuevo!, gritaba Cristina. ¿Por qué justo ahora, a mitad de Camino, con todo lo que llevaba recorrido ya, tenían que aparecerle molestias por todo el cuerpo? Lo que Cristina no sabía es que ambos dolores estaban conectados. No se trataba de dos dolencias, sino de una sola manifestada en dos puntos diferentes del cuerpo. Cristina siguió su ruta prevista y al cabo de dos días más la tendinitis del tobillo derecho también había pasado al del otro pie. Y por si fuera poco, teniendo en cuenta que caminaba unas 8-10 horas al día, las rodillas de ambas piernas también acabaron siendo foco de su tendinitis.

Cristina estaba dispuesta a abandonar el Camino, a dejar aparcado su sueño y su meta para otra ocasión, hasta que apareció una entrañable mujer que le ofreció un remedio infalible. Cristina mostró su inflamación en las piernas, pero la sabia mujer le dijo “no pienso ni tocarlas”. En lugar de ello comenzó a hacerle concretos movimientos y friegas en su espalda. Esa noche Cristina durmió mucho más aliviada. El dolor había remitido pero todavía seguía latente. A mitad de camino, la mujer le recomendó parar por el momento y le ofreció volverle a hacer otro masaje esa misma tarde. Así fue. Al día siguiente, Cristina se levantó casi como nueva. El dolor había desaparecido casi por completo. Pudo terminar el Camino y sin haberse tomado ninguna medicina y sin ni siquiera tocar sus rodillas y tobillos.

Lo que Cristina no sabía hace cinco años es que aquella mujer era osteópata. Nuestro cuerpo está conectado. Lo que permite la osteopatía es tratar una dolencia a través de otra parte del cuerpo distinta a la afectada. Esto es posible porque el cuerpo es como una cadena. En la Antigua Roma, lo que sucedía en la capital romana tenía repercusión en cualquier otra ciudad del imperio, como por ejemplo Santiago de Compostela. Como dice el dicho, “todos los caminos conducen a Roma”. Al igual que el Camino une ciudades y permite la transmisión de una misma cultura, el cuerpo de Cristina y el de cualquier ser humano está enlazado por nexos relacionados.

Si vas a realizar el Camino de Santiago o alguna ruta similar, no olvides esta historia antes de emprenderlo. Si por la contra, vives en Madrid y tienes alguna dolencia del día a día, que sepas que en nuestros Centros Alba de Aluche, Argüelles y Móstoles tenemos a especialistas osteopatía que pueden ayudarte a redimir muchos de tus achaques. ¡Te esperamos!

Escrito por:Admin
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